Escribí esto ayer en clases; es mi forma de renunciar a mi conejo blanco -platónico, como siempre-, un chico de ojos azules. Es mi parche-antes-de-la-herida, para no encapricharme de otra ilusión o no caer en un error.
no llores ni te enamores.
Llorarás cuando me vaya,
cuando remedio no haya.
(Canción popular)
—
Alicia era una criatura sensible, soñadora e idealista que creía conocer de la vida viviendo a través de otros. Su alma vieja se negaba a abandonar del todo la niñez, viviendo eternamente en contradicciones y ambivalencias, errando entre fantasías y realidades para esquivar la monotonía.
Su Talón de Aquiles era, claro, el amor; el amor de telenovela, publicitado y trillado, el amor de los poetas y los trovadores, platónicos todos porque siempre escogía a quién no sabía de su existencia.
René no se hizo anunciar, no entró en su mundo con fanfarrias y tambores, de hecho Alicia apenas si lo notó al comienzo, ocupada siguiendo a otro conejo blanco. Meses después, sin embargo, se convirtió en una revelación y el sentimiento fue mutuo, vio emocionada la admiración en sus ojos azules, supo que lo había impresionado.
Alicia supo también que sería un error, y aun así… Aun así se encontró enredándose en corcoveos de enamoramiento, en constantes tira-y-afloja, en emociones cambiantes. Sabía en el fondo que no tenía sentido, que se estaban condenando a herirse mutuamente; pero no podía detenerse. Quería cometer el error.
Perdía lo que era, actuaba tontamente, odiándose por ello, envolviéndose y envolviéndolo. La atracción mutua era evidente e incierta, no sabía a qué atenerse a pesar de andar con pies de plomo. Alicia no supo que se avecinaba el final más que René, simplemente sintió un quiebre, el primero de muchos que vendrían, y decidió que era hora de terminar con aquella tontería. Se sentó bajo un árbol, con los pies mojados y sin aire en los pulmones. Había llegado el final previsto y no tenía sentido alargarlo, sufrir y acumular recuerdos ingratos. Si algo odiaba, era la decadencia.
¿Cómo explicarlo, cómo explicárselo a él? Era algo tan subjetivo o tan etéreo o tan profundo –o una mezcla- que no sabía si encontraría las palabras para explicarlo. Ella simplemente lo sabía, siempre lo había sabido, en un nivel profundo, sencilla y claramente sin darle un nombre ni colores y no le parecía extraño. Pero a él no le bastaría, no, no había poesías ni metáforas en su mundo, no había más que hechos y números. ¿Cómo decírselo? Debía escoger las palabras con cuidado para evitar otro de sus frecuentes malentendidos. Ellos tenían su propio “Diccionario de Palabras Incomprendidas” y eso sólo dificultaba todo. ¿Cómo decirlo? De mujer a hombre, de lechuza a venado, de subjetivo a objetivo, de idealismo a pragmatismo, de cronopio a fama. No le gustaba llamarlo fama ni a ella misma cronopio; eran más bien la Maga y Horacio Oliveira, o el Mago y Horacia, porque era ella la que pensaba demasiado y vivía poco y él… y él…
Él nunca entendería nada de esas cosas, ese abismo entre ambos que sólo ella sentía. Horrible saber que había cosas que él jamás sospecharía ni lograría concebir.
“Eres tú. Soy yo. No estamos destinados a durar. Somos demasiado distintos, no sé si lo sabes. Desprecias mi sentimentalismo, no entiendes que vivo desde el corazón y no desde la cabeza; tu indecisión me desespera, tu renuencia a tomar una acción decisiva. Es lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos. Son los libros que leemos y las películas que vemos. Es quienes somos cuando estamos solos, no cuando estamos juntos. No me entiendes, René, y me frustro y me ofendo. No me escuchas y yo pongo demasiada atención. No concibes mis arrebatos, mis intuiciones, mis parcialidades. Es mi orgullo y mi convencimiento de que eres alguien que no eres.
El amor no cambia a las personas, no me digas que cambiarás. Eres quién eres y ni tú puedes cambiarlo. Si seguimos esto sólo vas a aburrirte, a exasperarte o a dejar de escucharme. Yo también. No calzamos, René, es tan simple como eso. Hay pequeñas cosas, detalles, que son montañas. Tú nunca vas a entender quién soy, yo nunca voy a entender lo que haces, nunca me preocuparé por lo que tú te preocupas. Te amo, pero no soy lo que necesitas y tú no eres lo que necesito, ¿entiendes verdad?”
—
René bajó la cabeza, ocultando que lloraba. Ella alargó los brazos sin poder evitarlo, pero él se escurrió de inmediato.
Alicia, serena y triste repitió:
-Lo siento, ya no te amo.
Lafken.
————————————————————
“Alicia” por Alicia en el País de las Maravillas.
“René” por René Descartes.
Alusiones a varios libros.



