“¿En serio? ¿Y ud., porque tan aparte?” me dijo con una mezcla de curiosidad y amabilidad. Yo sonreí e iba a responder que escribía algo, cuando una compañera intervino.
“Déjela, tante, ella es especial.”
Me la quedé mirando. No fue una burla ni tampoco lo dijo con claro desprecio; más bien sonó como si yo fuera un caso perdido, alguien a quien no valía la pena preguntarle porque estaba aparte.
“Esto escribiendo algo” respondí, aún mirándo a mi compañera y casi sin sonreír. Bueno, ese es un ejemplo. Y en terrenos más amplios, creo que soy de los típicos niños que perdió algo de inocencia a causa de las peliculas e internet. Pero, en contraste, también soy una perpetua idealista, una eterna soñadora de un mundo de cuentos de hadas se podría decir, de un mundo más justo y más poético. Algo así como un cuento de caballeros, un mundo a lo Tolkien (y el Silmarillion es mi Biblia). Pero no sé en realidad que tanto tengo de ello, porque insisto en mezclar algo del mundo real en lo que escribo, insisto en imaginar escenas amargas y desesperanzadas, crueles a veces. Sin embargo, eso lo hago de forma más conciente, como para dejar de ser tan utópica, como para demostar(me) que sé de la existencia de la vida real, y porque la realidad aún me asombra. Por eso me encantan los libros de Stephen King: más que por el miedo y lo paranormal, porque muestra el mundo cotidiano sin romantizaciónes ni idealismos, muestra locura, comportamientos irracioneles, intolerancias, reacciones reales y que al leer se hacen obvias, pero que a mí jamás se me ocurriría escribir. Lo mismo Alberto Fuguet, aunque de él sólo he leido Mala Onda y Sobredósis. Me he ido por las ramas y he escrito demasiado. Pero me siento mejor. Escribir es terapeutico y una necesidad, a veces. Me largo, no es tarde (22:25) pero aún tengo sueño por recuperar del viaje. Y mañana vuelvo al colegio :’(. Bueno, se agradecen comentarios de cualquiera que se anime a leer toda esta perorata que, lo más seguro, no le importa a nadie más que a mí. Take care.


